Hannah Arendt dice claramente que ser libre y vivir en la polis es lo mismo, y toma como modelo de espacio político el ágora o la plaza pública de la democracia ateniense, donde existe un mundo de iguales en el que rige la isonomía (la igualdad de derechos) y la isogoría (la libertad de hablar, igual para todos): todos los considerados ciudadanos son iguales en cuanto que tienen derecho a exponer su punto de vista sobre los asuntos públicos. La plaza pública es como un escenario en el que se exhiben, gracias a la palabra, las diferentes opiniones de los ciudadanos.
Según Arendt, la fórmula aristotélica “el hombre es un animal político” es equívoca, porque supone que la política es parte de la esencia del ser humano. Sin embargo, la política es un espacio de relación, es algo que está entre los humanos, no en ellos mismos sino en medio; es algo que puede ocurrir, o puede no ocurrir, entre ellos.
En el espacio político no se habla para ordenar, ni se escucha para obedecer, porque no hay dominantes y dominados, gobernantes y gobernados. Un tirano no es un hombre libre aunque haga y diga lo que le dé la gana.
Tomar la palabra, proponer una accion para cambiar algún aspecto de la sociedad, emitir un juicio sobre algunas iniciativas exige valentía. Esa es la gran virtud politica: la valentia de exponerse en el escenario público a la vista de los demás. Se corren riesgos que no existen en el interior de las casas o del pensamiento propio: el riego de no ser entendido, de no ser secundado, de equivocarse, y todo ello puede incluso afectar a la seguridad personal. Y, sin embargo, la política es una vida de aventuras en la que la ciudadanía se expone valientemente.
Extractado del libro LA LIBERTAD según Hanna Arendt, de Maite Larrauri.
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